viernes, 10 de noviembre de 2017

La Jaula (Capítulo 1)



La única señal de que seguíamos corriendo era, a parte del dolor punzante en el pecho y la cada vez más patente falta de aire, que aún seguíamos con vida. La oscuridad casi opaca que nos rodeaba no dejaba adivinar los árboles hasta estar a apenas unos metros de distancia, por lo que poco más podíamos hacer que confiarle nuestra supervivencia al instinto y los reflejos innatos de nuestro yo animal. Al fin y al cabo en eso nos habíamos convertido; animales que luchaban por evitar acabar en el estómago de otro mejor preparado. Las hojas secas seguían crujiendo bajo mis pies. Sabía que él aún estaba vivo por las que pisaba tras de mí, aunque ya habíamos acordado que dejarnos atrás en una situación como esa, dado el caso, no sería nada de lo que arrepentirse. Mejor uno que ambos. A lo lejos podía verse ya el final del bosque, unos focos antirrobo iluminaban la silueta de unos adosados que, al menos para mí, significaban un lugar donde coger un poco de aire y pensar alguna estrategia que no fuera seguir la carrera hasta el fin de mis fuerzas. De cuando en cuando se oía un golpe seco seguido de un silbido no muy lejos de nuestras cabezas, de hecho cada vez más cerca; la luz les preparaba el blanco. Apreté puños y dientes para el último esfuerzo, sentía el corazón latiéndome en las sienes y el oxígeno ardiéndome en los pulmones. Un poco más, sólo un poco más. Tenía la meta a apenas unos pasos cuando el último silbido se llevó consigo el crujir de las hojas tras de mí con un grito ahogado. Espero que esté muerto, pensé, mientras saltaba a través de una de las ventanas de aquel adosado abandonado. Me arrastré como pude hasta el segundo piso, donde encontré una habitación que podía cerrarse desde dentro y me apoyé en la puerta, intentando disimular mi presencia aunque ello hiciera de mi respiración algo aún más doloroso que los cristales que me cubrían gran parte del cuerpo. Sabía, por su forma de actuar, que tenía unos minutos antes de que entraran a por mí, siempre pensaban en un plan una vez tenían acorralada a la presa para reducir las bajas. Cerré los ojos e intenté serenarme, diciéndome a mí mismo que siempre hay una salida, que no era hora de darse por muerto. También recordé lo que había visto en aquellas jaulas y lo que le había pasado a sus habitantes, mientras no estuviera allí aún había un ápice de esperanza, y debía aferrarme a él como fuera. Respiré hondo, relajé los músculos y miré a mi alrededor. Unas agujas de luz artificial cruzaban la ventana, dejándome ver lo justo sin que mi sombra fuera vista por debajo de la puerta. La habitación estaba carcomida por la humedad y el salitre, el olor que desprendían las vigas de madera del techo era casi insoportable, pero eso era lo de menos en aquel momento. Conseguí ver una vieja silla a lo lejos, apostada en una esquina cerca de la ventana. Estaba cubierta de lo que parecía gomaespuma raída, pero los agujeros dejaban ver un brillo que se me antojó aluminio a primera vista. Algo es algo, me dije. Abajo empezaban a oírse pasos y susurros, los cuales se dispersaban por cada zona de la casa; ya había empezado. Me arrastré con el mayor sigilo que pude reunir, evitando las zonas del suelo más afectadas para que un crujido desafortunado no me delatase. Se oyó un golpe seco en la escalera y un grito ahogado de frustración, luego siguió subiendo. Yo me olvidé un poco del sigilo y me apresuré a llegar a mi objetivo, pero con tantas heridas era difícil moverme con rapidez y aguantar los gritos de dolor al mismo tiempo. El eco de los pasos ya se oía por el pasillo de la planta superior, y la habitación en la que yo me encontraba era la tercera desde la escalera, así que no tardarían mucho en dar conmigo. Ya casi podía notar el frío aluminio de la silla en la punta de los dedos. Un poco más, solo unos centímetros… Crrrrac. El corazón se me paró unos instantes. Aquel crujido rebotó con un eco indecible por todas las paredes de la casa. Se acabó. Me levanté de un salto mientras se acercaban al trote decenas de pasos por la escalera. Dieron la patada a la primera puerta entre risas y la euforia ante la promesa de sangre fresca. La siguiente patada arrancó las bisagras del cuarto donde me encontraba y vi frente a mí el brillo asesino refulgiendo en cuatro pares de ojos que se relamían al verme. Oí como cargaban sus escopetas de caza mientras yo aferraba con fuerza la silla con ambas manos. Mi corazón seguía parado, había aceptado su destino antes que yo. Valoré mil posibilidades, pero todas acababan de la misma manera; con mi cuerpo lleno de parásitos metálicos y ellos llevándome de nuevo a la jaula. Sólo hubo una que me satisfizo lo suficiente como para intentarla, que no era otra que quitarles al menos el placer de cogerme con vida o de arrancármela a su manera. Uno de ellos dio un paso al frente y, cuando fue a abrir la boca, seguramente para persuadirme de utilizar la silla que tenía en las manos, se la lancé con un alarido mientras saltaba por la ventana intentando caer de la forma más mortal posible sobre el pozo que había abajo. Se oyeron disparos y maldiciones mientras caía rezándole a dioses en los que no creía para que la caída me matara. Sonreí como sonríen los moribundos; sinceramente. Luego, todo fue oscuridad.

viernes, 10 de marzo de 2017

Costra sobre costra.


La distopía se deja ver cuando se abren los párpados, la utopía cuando se cierran a conciencia. Hacer de cada momento un suplicio lo puede hacer cualquiera, convertir el suplicio en arte está solo al alcance de unos pocos. Llamarlos privilegiados sería decir mucho, ya que respirar en sus pulmones suele traer nubes de alquitrán incombustible; gajes de la falta de oficio remunerado. No me mires si no quieres verme, así de simple. Me regocijo en mi pocilga mental como un cerdo que evita pensar en el matadero aunque lo tenga muy en cuenta. Qué gracioso, ¿verdad? Está muy bien cuando la ausencia no es la tuya, o cuando lo es pero te hace sentir como si la película en la que vives te hubiera negado el papel que ya te has aprendido. Es curioso con la facilidad que se olvidan los problemas. Solo los cables le dan impulso a las neuronas sueltas que quedan en algún lugar tocando el timbre, aunque nadie conteste. Con la rutina se intenta acomodar a las máquinas a una vida más humana, es decir; más inútil. Tiempo perdido, insurgencia monocromo de recuerdos que no vuelven por mucho que los llame. No vuelvo a beber vino en este estado. No me lo creo ni yo, pero había que intentarlo. El autoconvencimiento es la bandera con la que la población mundial evita pensar en el suicidio; recemos por que no lo consigan todos. Es curioso ver como lo mejor para uno mismo acaba por ser el peor mal para todo lo demás, pero aún más curioso es saber que nada de eso le importa a nadie. Que estamos jodidos es un hecho, que no lo demostremos es la prueba. Tiritar no es solo tener frío sino tener la certeza de que no lloverán mantas, por mucho que aún haya personas entre la gente. De ahí que nada importe, salvo entrometerte en tu propia vida vista desde fuera para criticar algo conocido sin quedarte solo. Las apariencias no engañan, retuercen las carencias por autodefensa. Pero hasta la mejor máscara tiene grietas y, como todo el mundo tiene la suya, saben verlas tras la capa de maquillaje. De ahí que todo se resuma en un baile de siluetas cojas intentando despistarse para arrancarle la pierna a alguien esperando a que encaje. Lo que no entienden es que tener todas las piezas no significa estar completo; es sólo costra sobre costra.