sábado, 24 de marzo de 2018

Ansiedad





Un día cualquiera, otro pretexto:
Horarios, desayunos, transportes, personas,
palabras, silencios, mensajes, llamadas,
compras, órdenes, consumo, cafeína,
descansos a medias, zapatos apretados,
torniquetes de corbatas, conferencias urgentes
cristales en la sopa, miradas a lo lejos.
Una ciudad entera chirriando,
como un mecanismo oxidado
que intenta masticar la carne cruda.
Puertas con doble cerrojo, calcetines sudados, comida podrida,
sin luz en el frigorífico, televisión, risas enlatadas,
verdades a medias, cadáveres a pilas, tiempo de ocio.
Cierra las cortinas, la privacidad está sangrando.
Suicidio, charla trivial en el espejo,
viajes a infiernos lejanos, respira hondo; es otro azufre.
Llantos por partos de niños vivos
Y sonrisas a medias por fetos muertos,
exclamaciones, preguntas, respuestas,
mascotas ruidosas, zapatos de tacón,
cuadros vacíos que valen su peso en metales inútiles,
música de bucles, miradas lineales.
No hay nada que valga la pena si no llega a mañana,
la consigna se repite, otra vuelta de piel al monstruo.
Llora a escondidas, no lo contagies,
vuelve despacio, guárdate el pánico,
deja de gritar, hay gente durmiendo.
Apaga las luces, el mundo se muere,
Enciende pantallas, no te quedes solo,
Recoge los pedazos de tu realidad y forma otra,
Esa parece no gustarle a nadie.
Fracaso, barba de tres días, sudor en el sofá,
Dormir no es una opción, estar despierto duele,
Levántate si no te veo sangrar,
Encuentra un camino, sigue aunque termine,
Arráncate la piel a tiras y úsala de venda,
Si yo pude tú podrás, aprende de los otros.
Endurécete, soporta, admite, corroe,
Pisa, destruye, sonríe, no es para tanto.
Sólo destruyendo la selva llega el sol que tanto esperas,
La conciencia también puede ser árbol,
Cada ladrillo es un asesino de tu tiempo,
Erige tu castillo con los escombros a tu paso.
Facturas, limosnas, denuncias, impuestos,
Prevaricación, absoluciones, asesinatos,
Hambre, juguetes rotos, baches, grietas,
Todo lo que ves no es más que lo que queda,
Así llegaras a otro día cualquiera, otro pretexto,
Aunque la ansiedad no los necesita.
Bombillas rotas para polillas muertas,
Fraternidad virtual, endogamia,
Vicios en grupo y abstinencia solitaria,
Desconocidos jugando a gustarse,
Ponle precio literal a tu cabeza.
Di sólo lo correcto, juega a juzgar,
El veneno sabe mejor con azúcar
Y el resultado será el mismo,
Libera para encarcelar y grita desde dentro,
¿quién será el próximo en autodestruirse?

martes, 20 de febrero de 2018

Pereza



Cinco minutos entre mano y mano; es lo que dura un descanso del póquer online o un estrangulamiento exhaustivo. Escribir algo, lo que sea, sea bueno, malo, pésimo o peor aún, es reconfortante. Hay que usar cada excusa para ponerte a ello antes de que te arrepientas o llegue el mayor enemigo de todo escritor: la pereza. Esa presencia plomiza que lleva prensas hidráulicas por garras y cómodas almohadas por dientes. Pero no hay que engañarse con su comodidad embaucadora. Una vez te acomodas dejándote caer en una de ellas, cuando más hundido estás en su cálido espesor, empieza a vibrar levemente y a arremolinarse bajo tu sien. Notas un pequeño bulto que sobresale por una esquina, la de la cremallera concretamente, justo junto a la mano con la que abrazas la tela como para no dejar escapar el sueño plácido en el que pretendes sumirte. Ese bulto se mueve, la cremallera empieza a abrirse con su particular sonido de papel roto. De ella sale una mosca azul, como las que anidan en los cadáveres para aprovechar la carne putrefacta, batiendo sus alas sin volar, acomodándose también, curioseando. Cuando la intentas aplastar para evitar que se interponga entre tú y el tan esperado sopor al que te entregas, desaparece de tu vista, pero la sigues oyendo. Zumba sin parar, llega a ti desde todas partes, haciendo eco en las fauces de ese gigante oscuro al que le rugen las tripas. Se posa en tu mejilla, te hace cosquillas, esperas el momento perfecto. La notas subir y bajar por tu piel, sobre tus labios, alrededor de las fosas nasales. Paciencia, te dices, aún no. Dejas de sentirla, se ha ido, o no. No, no se ha ido, está en tu frente, campa a sus anchas, la odias como no has odiado nada en tu vida. ¡Zas! Llega el manotazo. Su cadáver rueda por la almohada y las fauces se cierran. Pánico, claustrofobia, quieres salir de allí. La almohada empieza a emitir el ruido de un tractor con el motor oxidado y se retuerce sobre sí. De repente, se abre del todo y de su interior se derrama una marea de moscas, larvas, mosquitos y pus amarillenta. La boca está sellada, salir es imposible. Un océano negro te sepulta en su constante zumbido empapado de un líquido viscoso, te levantas y luchas como puedes por quitártelo de encima, pero ya es tarde. Se meten por tus oídos, por las fosas nasales, te muerden los ojos, los notas perforándote las pupilas, el ombligo, la lengua y las sienes. Te vibra un cemento astillado bajo la piel. Gritas como puedes entre la marea enfadada que te engulle. La pereza ríe con sus dientes acolchados justo antes de tragarte. Una vez caes al estómago, antes de perder la cordura y la consciencia, ves un reloj que ha corrido tu misma suerte. Un reloj de arena al que las paredes del esófago acaban de dar la vuelta. Sólo cinco minutos, nada más.