domingo, 26 de noviembre de 2017

La Jaula (Capítulo 2)



La muerte olía fatal, a podrido. Eso que dicen de que por fin se descansa de verdad y que el dolor se va es todo mentira, me dije, duele aún más que antes. Creía estar tumbado sobre un colchón de piedras húmedas, algunas incluso cobraban vida por unos instantes y me pasaban por encima, hacían ruidos de curiosidad, las notaba respirar. Un murmullo constante me hizo imaginar una especie de río o corriente de agua de alguna clase. ¿Estaría entre los que esperan en la orilla la llegada de Caronte? Estaba ansioso por mirar, pero no había más que oscuridad, plena y material, casi tangible. No sé cuánto tiempo pasé tumbado en aquellas tinieblas, esperando a que algo pasase o dejase de pasar. Sólo sé que de vez en cuando volvía a quedarme inconsciente y a despertar, si ambos términos podían usarse con propiedad estando muerto. El dolor iba y venía, pero con fuerza. Parecía como si alguien me estuviera desparasitando para dejarme presentable a quienquiera que me esperase al otro lado. Yo me dejaba hacer, no tenía inconveniente alguno en el procedimiento salvo el escozor que siempre sentía tras la limpieza. Oía cuchicheos a mi alrededor, como si alguien hablase consigo mismo en tercera persona. Traté de hablarle de vez en cuando pero parecía no poder oírme o hacer oídos sordos a mis preguntas. Tenía comprobado que no podía moverme en absoluto, parecía estar atado de pies y manos hasta que, un día, desperté sintiéndome libre. Ya no había dolor, ni ataduras. ¿Era aquello el más allá? ¿Había cruzado la orilla? Para mi sorpresa conseguí incorporarme. Palpé mis manos, mi torso, mis piernas; todo estaba como lo recordaba. Cuando llegué a la cara, percibí que había algo tapándome los ojos, una especie de venda o trozo de tela que hacía de tal. Me la quité despacio, con cuidado. Daba vueltas y vueltas alrededor de mi cabeza, a cada cual conseguía ver más y más luz. Cuando por fin la desaté del todo me encontré en una especie de cloaca en la penumbra de un farol de gas. Las ratas parecieron asustarse durante unos segundos, pero después siguieron correteando a mi lado como si me conociesen de toda la vida. Curiosas piedras, me dije riendo. Para entonces ya estaba acostumbrado al olor de aquel lugar, por lo que ahora la vista era lo que me resultaba hedionda. Todo estaba cubierto de verdín y cúmulos de basura estancados en el agua, si a aquello podía llamársele agua. De repente, noté unos ojos clavados en la espalda. Me giré con un escalofrío justo a tiempo de ver una sombra esconderse tras una bifurcación del túnel. Me levanté como pude para darme cuenta de que no estaba recuperado del todo. Arrastraba sin más remedio la pierna izquierda, ya que parte de ella no respondía como antes. Seguramente uno de los cristales había llegado a matar algunos tendones. Poco a poco me deslicé por aquel túnel sombrío en busca de aquella sombra que había huido de mí, de alguna manera me dejaba ver su silueta antes de volver a desaparecer por la siguiente esquina. Quería que lo siguiera. Después de un largo camino a través de aquella cloaca laberíntica llegué a un espacio algo más abierto que dejaba entrar unas franjas de luz natural a través de una especie de rejilla en lo alto de la bóveda que la coronaba. No había nada, estaba perdido. Cansado y desmotivado, me senté como pude sobre un saliente de la pared y puse la cabeza sobre las manos, pensando en cuál debería ser mi siguiente paso. Cuando, de repente, una voz áspera, rota, que parecía haber estado encerrada mucho tiempo esperando a alguien que la oyera por fin, dijo: No te asustes al levantar la cabeza.

viernes, 10 de noviembre de 2017

La Jaula (Capítulo 1)



La única señal de que seguíamos corriendo era, a parte del dolor punzante en el pecho y la cada vez más patente falta de aire, que aún seguíamos con vida. La oscuridad casi opaca que nos rodeaba no dejaba adivinar los árboles hasta estar a apenas unos metros de distancia, por lo que poco más podíamos hacer que confiarle nuestra supervivencia al instinto y los reflejos innatos de nuestro yo animal. Al fin y al cabo en eso nos habíamos convertido; animales que luchaban por evitar acabar en el estómago de otro mejor preparado. Las hojas secas seguían crujiendo bajo mis pies. Sabía que él aún estaba vivo por las que pisaba tras de mí, aunque ya habíamos acordado que dejarnos atrás en una situación como esa, dado el caso, no sería nada de lo que arrepentirse. Mejor uno que ambos. A lo lejos podía verse ya el final del bosque, unos focos antirrobo iluminaban la silueta de unos adosados que, al menos para mí, significaban un lugar donde coger un poco de aire y pensar alguna estrategia que no fuera seguir la carrera hasta el fin de mis fuerzas. De cuando en cuando se oía un golpe seco seguido de un silbido no muy lejos de nuestras cabezas, de hecho cada vez más cerca; la luz les preparaba el blanco. Apreté puños y dientes para el último esfuerzo, sentía el corazón latiéndome en las sienes y el oxígeno ardiéndome en los pulmones. Un poco más, sólo un poco más. Tenía la meta a apenas unos pasos cuando el último silbido se llevó consigo el crujir de las hojas tras de mí con un grito ahogado. Espero que esté muerto, pensé, mientras saltaba a través de una de las ventanas de aquel adosado abandonado. Me arrastré como pude hasta el segundo piso, donde encontré una habitación que podía cerrarse desde dentro y me apoyé en la puerta, intentando disimular mi presencia aunque ello hiciera de mi respiración algo aún más doloroso que los cristales que me cubrían gran parte del cuerpo. Sabía, por su forma de actuar, que tenía unos minutos antes de que entraran a por mí, siempre pensaban en un plan una vez tenían acorralada a la presa para reducir las bajas. Cerré los ojos e intenté serenarme, diciéndome a mí mismo que siempre hay una salida, que no era hora de darse por muerto. También recordé lo que había visto en aquellas jaulas y lo que le había pasado a sus habitantes, mientras no estuviera allí aún había un ápice de esperanza, y debía aferrarme a él como fuera. Respiré hondo, relajé los músculos y miré a mi alrededor. Unas agujas de luz artificial cruzaban la ventana, dejándome ver lo justo sin que mi sombra fuera vista por debajo de la puerta. La habitación estaba carcomida por la humedad y el salitre, el olor que desprendían las vigas de madera del techo era casi insoportable, pero eso era lo de menos en aquel momento. Conseguí ver una vieja silla a lo lejos, apostada en una esquina cerca de la ventana. Estaba cubierta de lo que parecía gomaespuma raída, pero los agujeros dejaban ver un brillo que se me antojó aluminio a primera vista. Algo es algo, me dije. Abajo empezaban a oírse pasos y susurros, los cuales se dispersaban por cada zona de la casa; ya había empezado. Me arrastré con el mayor sigilo que pude reunir, evitando las zonas del suelo más afectadas para que un crujido desafortunado no me delatase. Se oyó un golpe seco en la escalera y un grito ahogado de frustración, luego siguió subiendo. Yo me olvidé un poco del sigilo y me apresuré a llegar a mi objetivo, pero con tantas heridas era difícil moverme con rapidez y aguantar los gritos de dolor al mismo tiempo. El eco de los pasos ya se oía por el pasillo de la planta superior, y la habitación en la que yo me encontraba era la tercera desde la escalera, así que no tardarían mucho en dar conmigo. Ya casi podía notar el frío aluminio de la silla en la punta de los dedos. Un poco más, solo unos centímetros… Crrrrac. El corazón se me paró unos instantes. Aquel crujido rebotó con un eco indecible por todas las paredes de la casa. Se acabó. Me levanté de un salto mientras se acercaban al trote decenas de pasos por la escalera. Dieron la patada a la primera puerta entre risas y la euforia ante la promesa de sangre fresca. La siguiente patada arrancó las bisagras del cuarto donde me encontraba y vi frente a mí el brillo asesino refulgiendo en cuatro pares de ojos que se relamían al verme. Oí como cargaban sus escopetas de caza mientras yo aferraba con fuerza la silla con ambas manos. Mi corazón seguía parado, había aceptado su destino antes que yo. Valoré mil posibilidades, pero todas acababan de la misma manera; con mi cuerpo lleno de parásitos metálicos y ellos llevándome de nuevo a la jaula. Sólo hubo una que me satisfizo lo suficiente como para intentarla, que no era otra que quitarles al menos el placer de cogerme con vida o de arrancármela a su manera. Uno de ellos dio un paso al frente y, cuando fue a abrir la boca, seguramente para persuadirme de utilizar la silla que tenía en las manos, se la lancé con un alarido mientras saltaba por la ventana intentando caer de la forma más mortal posible sobre el pozo que había abajo. Se oyeron disparos y maldiciones mientras caía rezándole a dioses en los que no creía para que la caída me matara. Sonreí como sonríen los moribundos; sinceramente. Luego, todo fue oscuridad.